Artículo en Las nueve musas por Ignacio Fernández Candela.
http://lasnuevemusas.com/not/9656/la-cruz-de-cela-y-el-fariseo-anson/
Trabajar con gente honrada, honesta, íntegra, ética y con decencia moral es una excepcional compensación después de tratar con las execrables honorabilidades de parásitos y caraduras que roban el trabajo ajeno y abusan repugnantemente de personas honradas.
Ser consejero editorial y jefe de Opinión de un semanario multidisciplinar de artes, ciencias y humanidades, conlleva una insoslayable misión de desenmascarar a truhanes cuyas obras y actitudes personales no están en consonancia con la ética elemental que deberían mostrar.
Mi artículo de este lunes trata del plagio de Cela y de la jeta que se gasta el insigne Anson robando de manera bastante guarra el trabajo de los demás. Joaquín Vila, director de el chapucero El Imparcial.es, es un ser abyecto y singular según sus actitudes ampliamente referidas en este blog ajustadas a la verdad, de cara granítica y pocos escrúpulos para parasitar del trabajo de otro e intentar destruirlo moralmente.
Ambos no están retratados por mí en La Guarrada de El Imparcial.es. Ética según Anson que arrasa por las redes sociales y buscadores, sino por ellos mismos. Constato el repugnante engaño durante décadas en este país, ese fétido hedor de lo falsario con tantas apariencias de dignidad que ocultan sangrantes hipocresías. Así nos va con gente encumbrada, referentes morales, Dios nos asista, como Anson y compañía.
Mi artículo de este lunes en Las nueve musas:
Ignacio Fernández Candela
Consejero Editorial-Jefe de Opinión
Domingo, 18 de septiembre de 2016
Un pelota con clase
La cruz de Cela y el fariseo Anson
La cruz de Cela es sin duda la de San Andrés con la que ganó
amañadamente el Premio Planeta en 1994. Con la cruz novelada
implícitamente se conocieron las sombras y el deshonor del plagio.
Hay pedestales que no se soportan sin desenmascarar al farsante que
se encaramó a él con malas artes disimuladas. En el caso del ingenioso y
orondo escritor un trazo grueso de rúbrica con la tinta desbocada
emborronó el mérito del prolífico creador, pero como él no hay pocos
farsantes en la dignidad que no hayan proliferado durante décadas en
democracia siendo favorecidos por intereses especulativos con carácter
de engaño. Cela tan solo siguió la
corriente sinvergüenza que ha recorrido España durante décadas, encumbrando estafadores con sacrosanta apariencia de honorabilidad.
Carmen Formoso,
la autora verdadera de la novela, aún tuvo que aguantar los desplantes y
descalificaciones del Nobel cuando este se vio al descubierto con una
maniobra tan execrable de abuso que se ideó bajo los auspicios del
propio José Manuel Lara Bosch. Una historia rocambolesca de rufianes
como paradigma de los miserables entresijos que el público ignora sobre
el submundo de la cultura al más alto nivel.
Don Camilo José Cela tiene perdón porque fue Nobel de Literatura y
además dejó que le dorase la píldora Marina Castaño, señora de
reconocido prestigio acorde a su esmerada habilidad para enredar al
autor y hacerse un hueco por nada, pero bien arrimada. Figuras crecidas
al amparo de notoriedades artificiosamente construidas en un país donde
nada fue genuino, a no ser por la legitimidad del engaño con que muchos
han creído tener derecho para trepar y apoltronarse en los tronos de la
fama.
España no está pútrida por casualidad. Los personajes que han
servido como paradigma moral están al descubierto como sus miserias
ocultas durante tanto tiempo.
Así es explicable que un Felipe González, el saqueador del 10% del
PIB durante sus años de presidencia, sea considerado honorable
benefactor patrio en tanto en cuanto legitimó actuaciones presuntamente
delictivas acaparando las influencias jurídicas al más alto nivel y
beneficiando a poderosos amigos para asegurarse una jubilación impune y
enriquecedora. En un país corrupto no es extraño que se glorifique a los
causantes de sus males. Sigue esos designios del destino en que los
tiranos son reverenciados y glosados como si las obras más execrables
fueran motivo para interpretarlas como gestas. Siempre hay muñidores
comprados y ruines vendidos dispuestos a negociar, magnificando al
miserable y denostando a los críticos del señor que paga el servicio
mercenario.
Luis María Anson, verbigracia, es un loador paradigmático;
un pelota con clase;
un distinguido acólito de la tribu de los halagadores que arrastrando
la lengua puso las babas al servicio de los señores que mejor supieron
pagar sus condicionales y farragosos ditirambos, a decir público de
muchos. Fariseo motivado que no motivador-los beneficios de su fingida
humanidad son para él mismo-es un adorno sin alma que aprovecha la
sociedad para lucirse. No da más de sí. Vanidad de vanidades y solo
vanidad.
Más trovador que prosista, Anson hizo sonar sus cascabeles
visitando los despachos del poder. Consiguió que se familiarizasen con
sus cabriolas intelectuales y le rieron las bufonescas gracias cuanto
prócer de la patria advirtió que se le daba bien la profesión de
fontanero antes que la de periodista. Algunos abrieron la fosa séptica
para ventilarla y confundir los hedores con ese ambientador andante en
que se constituyó el ambicioso merodeador. Siempre cercano a las
miserias del poder hizo grandes a no pocos truhanes en un cambalache de
distinciones, negocios y premios que al día de hoy exhibe para encubrir
actitudes que dicen poco de su
ética personal y profesional.
Si existe disposición en ciertas personalidades para prescindir de
la ética y la dignidad excusándose en el éxito y la posición, es lógico
pensar que algo huele mal en el rastro biográfico. Porque si estando en
la cima se obra tan suciamente, ¿qué no se habrá hecho durante la
escalada? La respuesta está en el desfase y la degeneración moral que
dirigen este país desde tantos aspectos y perspectivas, en lo que puede
considerarse el declive de cuarenta años de democracia con acusada fase
de extinción.
No puedo estar de acuerdo con Luis María Anson en sus loas al
premio Nobel que fue Camilo José Cela. No porque disienta del criterio
acerca de su excepcional Literatura que legó a la humanidad sino porque
las escribe Luis María Anson; carente de credibilidad como de ética en
sus actuaciones profesionales, siendo capaz de aprovecharse del trabajo
ajeno sin mínimo atisbo de vergüenza personal; el mismo que entroniza a
los tunantes y exhibe ufano sus muchos premios y distinciones —como es
un Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades— mostrando
con absoluta simpleza la esencia moral que rige sus criterios
profesionales; el mismo que elogia al presidente que saqueó España con
total impunidad asegurándose estar por encima de la Justicia; el mismo
que roba trabajo de un colaborador y se lucra con el esfuerzo ajeno… ese
mismo carente de credibilidad por el testimonio de sus misérrimas
actuaciones sigue aconsejando sobre la salud moral de España. Tanta
integridad como la de Cela plagiando una novela para embolsarse unos
cuantos millones de pesetas en un plan urdido por el insigne Lara.
Al menos Cela fue premio Nobel y el otro está muerto. Anson, sin ser lo uno y esperando lo otro, sigue disimulando.
Ignacio Fernández Candela